Partí la tarde del 11 de agosto
sin saber bien qué esperar, no había hecho muchas averiguaciones como suelo
hacer antes de mis viajes. Quizás por el hecho de que allá me esperaba una local
dispuesta a mostrarme su país: mi amiga
Michelle. La conocí en un intercambio universitario que hicimos tres años
atrás en Montevideo, Uruguay, donde compartimos el mismo techo. Desde entonces,
la idea de visitarla en la Ciudad de México
rondaba mis pensamientos. ¡Finalmente podía materializarla!
Llegué temprano la mañana del 12
de agosto y, luego de esperar casi dos horas por los estrictos y lentos
controles al equipaje, pude atravesar la puerta y encontrarme con Michelle y su
papá. Ella me esperaba con una gran bandera mexicana que no dudé en agarrar y
flamear por un momento frente a todas las personas que allí estaban. ¡Qué
alegría! El reencuentro se había concretado pero la aventura recién empezaba.
Ya en su casa, pude bañarme y
descansar un breve momento porque las actividades ya comenzaban. Junto a su
prima y un amigo fuimos hasta Coyoacan
a conocer la casa de Frida Kahlo y Diego Rivera. A pesar del gran
reconocimiento que existe sobre la artista en nuestro país, yo nunca me había
interiorizado mucho en su historia. Recorrer su antigua casa, leer acerca de
sus experiencias y observar sus objetos personales me ayudó para conocer un
poco mejor su pesarosa vida. Para terminar el paseo, fuimos a un bar donde
comencé a probar la mundialmente famosa gastronomía mexicana. Quesadillas de flor de Jamaica, “totopos”
(nachos) con guacamole y cerveza
local fue el menú elegido para reponer energías.
Por la noche caí en un sueño profundo
luego del cansancio de once horas de viaje y un día que fue bastante activo. Al
segundo día ya estaba incorporando las costumbres mexicanas en la mesa (todo
menos el picante, claro). De desayuno acepté unas enchiladas de queso y pollo que la tía de Michelle había preparado.
Sin salsa “picosa” no estaban nada mal. Más tarde descubriría que el chile está hasta en la sopa. Bueno, en
la sopa no sería nada raro. Lo agregan a la fruta, el helado, el pochoclo, la cerveza,
las golosinas, etc. La imaginación no conoce fronteras para el uso del chile en
México. Pero no todo el mundo come picante y es fácil evitarlo si uno prefiere
no “enchilarse”.
Con la panza llena partimos hacia
la zona del Bosque de Chapultepec,
donde quisimos ir al Castillo pero estaba cerrado al público (por una visita
oficial de la presidente de Chile o algo por el estilo). Nos dispusimos
entonces a ir al Museo de Antropología.
Allí me encontré con la emblemática Piedra
del Sol (mal llamada calendario azteca) que, con sus 24 toneladas y 3,60 m
de diámetro, es el corazón mismo del museo. Junto a ella, conviven muchas otras
piezas que forman parte del valioso legado arqueológico de los pueblos de
Mesoamérica.
Luego de tres horas recorriendo
el museo nos fuimos a un bonito barrio del D.F. conocido como “Roma”. Muy cerca de allí vimos la Fuente de Cibeles, réplica exacta de la
original que se encuentra en Madrid, España. Caminamos después por la “Zona Rosa” hasta llegar al Ángel de la Independencia, un ícono de
la Ciudad de México. Cuando se largó a llover nos refugiamos en un café coreano
llamado “Coffine Gurunaru”, donde comimos un rico pan con crema y chocolate.
El tercer día tomamos el metro
para llegar al centro histórico de
la ciudad. Allí caminamos por la Alameda
Central y entramos al bellísimo Palacio
de Bellas Artes. Después visitamos el
Palacio Postal y almorzamos en el encantador
Palacio de los Azulejos. Luego, y
como ya era costumbre, nos encaminamos a un bar (situado en un 2do piso) para
disfrutar de una cerveza y de la vista de la Calle Madero, peatonal llena de comercios y bares especialmente
colmados un viernes como aquel. La noche estaba apenas iniciándose porque, poco
tiempo después, nos preparábamos para ir a un “antro”, lo que en Argentina
llamamos “boliche”. Allí me reencontraría con otro amigo del intercambio: Rodrigo. Recordando viejos y buenos
tiempos, degustando tequila con “refresco” y moviéndonos al son del reggaetón,
la noche transcurrió muy divertida.
El domingo comenzó temprano
cuando mi amigo Rodrigo y su novia pasaron a buscarme para llevarme al “Desierto de los leones”. Se trata de uno
de los parques nacionales con los
que cuenta la Ciudad de México, en
las sierras que se ubican al Suroeste. Allí se encuentra un Monasterio de la
orden de los Carmelitas Descalzos, que se estableció en sus bosques debido a la
paz y tranquilidad natural del lugar. Hoy en día, este parque sirve como recreo
y esparcimiento para la población vecina y de la capital.
Por la tarde me esperaba una
nueva actividad: navegar por las aguas de Xochimilco
en una de sus grandes y coloridas trajineras. Las trajineras son
embarcaciones con mesas y sillas que pueden alquilarse por un par de horas para
que una gran familia o grupo de amigos disfrute del paseo mientras bebe, come y
escucha música de Mariachis: ¡muy divertido!
Así pasamos la tarde, tomando cerveza al son de canciones como “Sigo siendo el
Rey”, “Cielito lindo” y “El Mariachi loco”.
El lunes 17 de agosto fuimos al
famoso Zócalo. Allí observamos la
fachada del Palacio Nacional, ya que
ese día no estaba abierto al público, y luego fuimos a la Catedral. Aprovechamos e hicimos un breve tour al campanario donde
obtuvimos unas bellas vistas e interesantes informaciones sobre la Catedral y
sus campanas. Más tarde visitamos la Plaza
de Santo Domingo y fuimos al “Salón Corona” a tomar una cerveza y probar los populares “tacos al pastor”: hechos con carne de
cerdo cocinada en una estaca giratoria.
Al día siguiente, y tras el
primer intento fallido, nos propusimos entrar al Castillo de Chapultepec y así lo hicimos. Único Castillo Real de
América, fue construido durante la época del Virreinato y sirvió como
residencia al Emperador Maximiliano I de México. Hoy en día alberga el Museo Nacional de Historia, con
importantes murales, pinturas y objetos que datan de los tiempos de la
independencia y la revolución mexicanas. Al mismo tiempo, se conservan las
habitaciones y los mobiliarios de la época en que el Emperador Maximiliano y su
mujer, la Emperatriz Carlota Amalia, habitaban el castillo.
Ese mismo día por la noche, mi
estómago se mostró resentido por las nuevas comidas que le había estado
ofreciendo. Acompañando ese malestar, se sumó un poco de fiebre que me dejó dos
días sin recorridos turísticos. Gracias a los cuidados de mi amiga y sus papás,
para el viernes ya estaba mucho mejor, justo a tiempo para emprender mi siguiente
viaje. Junto a Rodrigo y su amigo Ulises tomamos un “camión” (colectivo) hacia Guanajuato, una pintoresca ciudad situada
a 350 km del Distrito Federal.
Llegamos a la madrugada y el
encanto de esa ciudad era aún mayor con la tranquilidad de la noche y la luz de
la luna alumbrando sus callecitas angostas y sus coloridas casas. Al día
siguiente, pude apreciar en grande esa ciudad colonial conocida como la capital cultural de México. Desde lo
alto, en el Monumento al Pípila, la
vista panorámica era hermosa y cautivante. El fin de semana en Guanajuato
transcurrió entre paseos, bares y graciosas charlas con el hermano de Rodrigo,
Juan, y su amigo “Refi”, ambos estudiantes de Filosofía en aquella ciudad de
cuento.
El domingo por la tarde llegó el
momento de volver a la metrópolis. El martes llegaría el ansiado día de viajar
a Cancún. Pero ese es tema para la
segunda parte de este diario, así que nos quedamos en el D.F. un poco más.
Volvimos de Cancún el sábado por la noche y el lunes partía mi vuelo de regreso
a Argentina. Quedaba un único día completo para aprovechar. Así fue que el
domingo decidimos ir al pueblo místico
de Tepoztlan, en el vecino
estado de Morelos.
Se trataba de otro encantador pueblo
en las montañas, pero bastante más pequeño que Guanajuato. Por la proximidad
con el D.F., y el hecho de ser domingo, sus calles estaban colmadas de
visitantes. Los puestos callejeros ofrecían comidas de lo más variadas, desde “elotes” (choclos) con queso y chile
hasta “nieves” (helados) de diversos
sabores. Al final de la calle principal comenzaba el camino (de piedras) hacia
la pirámide que se encuentra en lo alto de la montaña. La intención estuvo,
pero decidimos no completar la travesía hacia la cima, ¡quizás la próxima vez!
Llegó el lunes y, luego de veinte
hermosos días en suelo mexicano, me invadía una sensación agridulce. Estaba
feliz por todo lo que había vivido y conocido, pero triste por tener que irme.
Ya me había adaptado a México y sus costumbres, había aprendido el
vocabulario específico y mi cuerpo se había hecho resistente a las comidas
locales. Sin embargo, había que partir. Cómo iba a extrañar a Michelle y su
familia, que tan bien me habían tratado. Me hicieron sentir como en mi casa. Con
ellos como el mejor ejemplo, pude apreciar que los mexicanos son personas muy atentas
y generosas, dispuestas a darlo todo para que te sientas a gusto. Qué lindo
es viajar así.